Ya ha pasado casi una semana desde aquel 10 de enero en que Venezuela se caería nuevamente en el peor de los abismos que ni Dante logro imaginar. Nada de ello ha sucedido y el mundo nuevamente mira hacia otras tierras. EE.UU está nuevamente empantanado en su patio trasero más inmediato, con México, Puerto Rico y los migrantes; Trump anunciando que se retiran de Siria y el fantasma del ISIS que vuelve a tener sabor a real.
En última instancia, no ha ocurrido nada de lo difundido en las redes sociales y la oleada de rumores sobre lo que sucedería el jueves 10, colapso social, cierre de negocios, los escasos intentos de montar guarimbas no pudieron desarrollarse, y la hecatombe diplomática que esperaban, parece contenida con el ultimatum que les dio el gobierno venezolano a los países del grupo de Lima en respuesta a su insolente declaración contra nuestro país, y que encontró reacciones positivas de cuatro países que desconocieron parcialmente el acuerdo de Lima.
No puede escaparse una referencia a la representación de la comunidad internacional en el acto de juramentación, 94 países estuvieron presentes, la mayoría representaciones de las Embajadas, y entre tantas adhesiones y muestras de solidaridad, destaca la de Moscú, que advirtió a Estados Unidos ante cualquier amenaza militar a Venezuela, hecho que no había sucedido antes.
Pero seguramente el epicentro del 10 de enero fue el discurso del presidente Maduro, que dicho dirigido al escenario de invitados oficiales, como representantes de organizaciones políticas, sindicales y sociales, y que remató con su exposición ante los embajadores, por la documentada referencia que hizo sobre la situación en Venezuela, se supone que hoy en el exterior estarán mejor informados, pese a la opacidad de las noticias de agencias y corresponsales. De manera que por donde se vea, los hechos del 10 de enero fueron la negación de lo que esperaban algunos gobiernos y sectores de la oposición, casi todos orientados desde Washington.
Legitimidad de base y legitimidad de sus diferentes pares. El gobierno de Venezuela tiene ahora que cumplir con su palabra y buscar pacíficamente una solución. Nadie de los presente dio legitimidad a las cuestiones claramente negativas. Los que fueron y dieron su presente, afirmaron que es el gobierno de Nicolás Maduro quien debe intervenir y gobernar ese problema público. Todos esperamos desde el cercano 10 de enero que sea el gobierno, el pueblo y la oposición, como sostuvo Maduro, quienes resuelvan las diferencias.
El mundo necesita nuevos contratos sociales. No es solo Venezuela. El mundo está siendo invertido en sus preceptos mas básicos, puesto patas para arriba, y todas los entendimientos mininos de nuestras democracias mínimas están siendo cada vez más mininos. Redundancias válidas.
Lo vemos con el movimiento de protesta francés de los chalecos amarillos, que pretende ser controlado por la ultraderecha francesa, según se ha denunciado. La extrema derecha tomando la voz del proletariado subalterno… Nos toca observar, pensar, proponer. Maduro solo debe responder al pueblo, en su totalidad, lo haya votado o no. Es la base de legitimidad de todo gobierno: gobernar para toda la nación en beneficio del pueblo.

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